Los Orígenes del Cristianismo y su primera expansión. Las primeras
persecuciones y el desarrollo del cristianismo en el Imperio Romano. El
edicto de Constantino y la reorganización de la Iglesia.
Su obra no agota,
con todo, el cuadro de la expansión cristiana en el mundo antiguo. Es
indudable que las más de las veces serían hombres humildes y
desconocidos —funcionarios, comerciantes, marinos, soldados, esclavos—
los portadores de las primicias del Evangelio.
Al sonar la hora
de la libertad de la Iglesia, en el siglo IV, el Cristianismo había
arraigado con fuerza en diversas regiones del Oriente Próximo, como
Siria, Asia Menor y Armenia; y en Occidente, en Roma y su comarca y en
el África latina. La presencia del Evangelio fue también considerable en
el valle del Nilo y varias regiones de Italia, España y las Galias.
¿Qué entendemos por Cristianismo?
En una hora
precisa del tiempo y en lugar determinado de la tierra, el Hijo de Dios
se hizo hombre e irrumpió en la historia humana. El lugar de nacimiento
de Jesús fue Belén de Judá; la hora, cuando reinaba en Judea Herodes el
Grande y Quirino era gobernador de Siria, bajo la autoridad suprema del
emperador de Roma, César Augusto (cfr. Mt II, 1; Le II, 1-2). La vida de
Cristo entre los hombres se prolongó hasta otro momento de la historia,
bien preciso también: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo
tuvieron lugar en Jerusalén, a partir del día 14 del mes de Nisán del
año 30 de la Era cristiana. Caifás desempeñaba el cargo de Sumo
Sacerdote, gobernaba Judea el «procurador» Poncio Pilato y reinaba en
Roma el emperador Tiberio.
Conocer a Jesucristo
Jesucristo se
presentó a sí mismo como el Cristo, el Mesías anunciado por los Profetas
y esperado ansiosamente por el Pueblo de Israel. En Cesárea de Filipo,
ante la diversidad de opiniones que corrían sobre su persona, el Señor
preguntó a los Apóstoles: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» La respuesta de Pedro fue rotunda: «Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo».
Jesús no sólo no enmendó en un ápice estas palabras, sino que las
confirmó de modo inequívoco: «No te han revelado eso ni la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en los Cielos» . En
la noche de la Pasión, ante los príncipes de los sacerdotes y todo el
Sanedrín, Jesús declararía abiertamente que era el Hijo de Dios, el
Mesías. A la solemne pregunta del Sumo Sacerdote, la suprema autoridad
religiosa de Israel: «¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios bendito?», Jesús respondió: «Yo soy».
Los milagros obrados por Jesús durante los años de su vida pública
constituyen el refrendo de su Mesianidad y confirmaron la doctrina que
anunciaba. Esas razones, unidas a la personalidad incomparable del
Señor, motivaron decisivamente la adhesión de sus discípulos, y en
primer término de los doce Apóstoles. Una adhesión todavía defectuosa al
principio, por parte de hombres que compartían muchos de los prejuicios
de sus contemporáneos; unos hombres cuya mentalidad les hacía difícil
comprender la verdadera naturaleza de la misión redentora de Jesús, lo
que explica el tremendo desconcierto que les causó la Pasión y Muerte de
su Maestro.
La Resurrección de
Jesucristo es el dogma central del Cristianismo y constituye la prueba
decisiva de la verdad de su doctrina. «Si Cristo no resucitó—escribió San Pablo—, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe».La realidad de la Resurrección —tan lejos de las
expectativas de los Apóstoles y los discípulos— se les impuso a éstos
con el argumento irrebatible de la evidencia: «pero Cristo ha resucitado y ha venido a ser como las primicias de los difuntos»
Desde entonces los
Apóstoles se presentarían a sí mismos como «testigos» de Jesucristo
resucitado , lo anunciarían por el mundo
entero y resellarían su testimonio con la propia sangre. Los discípulos
de Jesucristo reconocieron su divinidad, creyeron en la eficacia
redentora de su Muerte y recibieron la plenitud de la Revelación,
transmitida por el Maestro y recogida por la Escritura y la Tradición.
El nacimiento de la Iglesia
Pero Jesucristo no
sólo fundó una religión —el Cristianismo—, sino también una Iglesia. La
Iglesia —el nuevo Pueblo de Dios— fue constituida bajo la forma de una
comunidad visible de salvación, a la que se incorporan los hombres por
el bautismo. La Iglesia está cimentada sobre el Apóstol Pedro, a quien
Cristo prometió el Primado —«y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia» — y se lo confirmó y confirió después de la Resurrección:
«apacienta mis corderos», «apacienta mis ovejas» .
La Iglesia de Jesucristo existirá hasta el fin de los tiempos, mientras
perdure el mundo y haya hombres sobre la tierra: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella». La constitución de la Iglesia se consumó el día de
Pentecostés, y a partir de entonces comienza propiamente su historia.
Introducción: Imperio Romano y Cristianismo
Desarrollo del Cristianismo en los primeros siglos
El Cristianismo,
desde el siglo I, fue considerado como «superstición ilícita», y esta
calificación hizo que la mera profesión de la fe cristiana —el «nombre
cristiano»— constituyera delito. Ello explica que muchas violencias
anticristianas del siglo II tuvieran su origen, más que en la iniciativa
de los emperadores o magistrados, en agitaciones o denuncias populares.
Por esta razón, la persecución en esta época no fue general ni
continua, y los cristianos gozaron en ocasiones de largos períodos de
paz, sin lograr por ello ninguna seguridad jurídica ni quedar a salvo de
ulteriores agresiones, que podían surgir en cualquier momento.
La
ambigua actitud de ciertos emperadores del siglo II está reflejada en
la célebre respuesta de Trajano a la consulta elevada por Plinio,
gobernador de Bitinia, acerca de la conducta que debía seguir con los
cristianos. Trajano declara que las autoridades no habrían de
perseguirlos por su propia iniciativa, ni hacer caso de denuncias
anónimas; pero debían actuar cuando recibiesen denuncias en regla,
llegando hasta la condena y muerte de los cristianos que no apostataran y
rehusaran sacrificar a los dioses. Tertuliano —apologista cristiano y
buen jurista— pondría luego de relieve el absurdo que encerraba la
respuesta trajánica: «Si son criminales —dice, refiriéndose a los cristianos—, ¿por qué no los persigues?; y si son inocentes, ¿por qué los castigas?»
En el siglo III,
las persecuciones tomaron un nuevo cariz. En los intentos de renovación
del Imperio que siguieron a la «anarquía militar» —un período de
peligrosa desintegración política—, uno de los capítulos principales fue
la restauración del culto a los dioses y al emperador, en cuanto
expresión de la fidelidad de los súbditos hacia Roma y su soberano. La
Iglesia cristiana, que prohibía a los fieles participar en el culto
imperial, apareció entonces como un poder enemigo. Ésta fue la razón de
una nueva oleada de persecuciones, promovidas ahora por la propia
autoridad imperial y que tuvieron un alcance mucho más amplio que las
precedentes.
LA IGLESIA EN EL IMPERIO ROMANO-CRISTIANO
Una nueva expansión
El avance del
Cristianismo no se interrumpió tras la muerte de Constantino, si se
exceptúa el frustrado intento de restauración pagana por Juliano el
Apóstata. Los demás emperadores —incluso aquellos que simpatizaron con
la herejía arriana— fueron resueltamente contrarios al paganismo.
Graciano, al asumir en 375 el poder imperial, rechazó el tradicional
título de «Pontífice Máximo», que sus predecesores cristianos habían
consentido conservar. Un enfrentamiento particularmente significativo
entre Cristianismo ascendente y paganismo en decadencia se produjo en el
escenario más venerable de la Roma antigua: el Senado.
El
altar de la Victoria que presidía el aula, como símbolo de la tradición
gentil, fue removido por voluntad de los senadores cristianos, que eran
ya mayoría, frente al grupo de los «viejos romanos», encabezados por el
senador Símaco. La evolución religiosa se cerró antes de que terminara
el siglo IV, por obra del emperador Teodosio. La constitución Cunaos
Populos, promulgada en Tesalónica el 28 de febrero del año 380, ordenó a
todos los pueblos la adhesión al Cristianismo católico, a partir de
ahora única religión del Imperio.
La cristianización de los Imperios
La división del
Imperio en dos «partes» —Oriente y Occidente—, consumada a finales del
siglo IV y que terminaría pon provocar la cristalización de dos
Imperios, tuvo honda repercusión en la vida de la Iglesia. La «parte»
occidental —que coincidía aproximadamente con las regiones de lengua y
cultura latinas— tenía como única sede apostólica la de Roma, y por ello
el Pontífice romano fue también Patriarca de Occidente. En la «parte»
oriental, de cultura griega, siria y copta, sobresalieron varias grandes
sedes de fundación apostólica —Alejandría, Antioquía y Jerusalén—, que
fueron cabezas de los Patriarcados, amplísimas circunscripciones
eclesiásticas.
El Concilio I de
Constantinopla elevó la sede de esta ciudad al rango patriarcal y
atribuyó a sus obispos la primacía de honor dentro de la Iglesia después
del obispo de Roma, «en razón —dijo— de que la ciudad es la nueva
Roma». Sobre este fundamento de índole no eclesiástica, sino política
—la capitalidad imperial—, se instituyó un nuevo Patriarcado —el de
Constantinopla—, destinado a alcanzar una indiscutible preeminencia
entre todos los Patriarcados orientales, a partir, sobre todo, del
Concilio de Calcedonia.
La libertad de la
Iglesia permitió una más ciara estructuración y un ejercicio más
efectivo del Primado de los papas sobre la Iglesia universal. Los
grandes pontífices de los siglos IV y V —Dámaso, León Magno, Gelasio— se
esforzaron por definir con precisión el fundamento dogmático del
Primado romano: la primacía concedida por Cristo a Pedro, de quien los
papas eran los legítimos y exclusivos sucesores. A partir del siglo IV,
el ejercicio del Primado romano sobre las iglesias occidentales fue muy
intenso: los papas intervinieron en multitud de ocasiones mediante
epístolas decretales o por intermedio de legados y vicarios.
En Oriente, un
gran concilio —el de Sárdica (343-344)— sancionó el derecho de cualquier
obispo del orbe a recurrir, como instancia suprema, al Pontífice
romano. Pero prevaleció, en definitiva, una tendencia favorable a la
autonomía jurisdiccional, favorecida por el desarrollo de los
Patriarcados, especialmente el de Constantinopla. La postura del Oriente
cristiano ante Roma, después del Concilio de Calcedonia, puede
resumirse así: atribución al obispo de Roma de la primacía de honor en
toda la Iglesia; reconocimiento de su autoridad en el terreno doctrinal;
pero desconocimiento de cualquier potestad disciplinar y jurisdiccional
de los papas sobre las iglesias orientales.
Bajo el Imperio
romanocristiano pudieron reunirse grandes asambleas eclesiásticas,
manifestación genuina de la catolicidad de la Iglesia, que reciben el
nombre de concilios «ecuménicos» o universales. Ocho sínodos ecuménicos
tuvieron lugar entre los siglos IV y IX. Particular importancia se
reconoció siempre a los cuatro primeros: los de Nicea I (325),
Constantinopla I (381), Éfeso (431) y Calcedonia (451). Todos estos
concilios se celebraron en el Oriente cristiano, y orientales fueron en
su gran mayoría los obispos asistentes.
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